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¿Es el amor suficiente para salvarnos? Releyendo 'La Tregua'

Evidencia del expediente

Son las cinco de la tarde del domingo y ya lo sentís: ese peso en el estómago que no es hambre ni enfermedad, sino el lunes. El lunes que viene caminando desde el horizonte como una sombra larga, inevitable. Te levantás del sillón, tal vez te servís un café que no querés, mirás por la ventana y sabés que en unas horas vas a estar otra vez ahí: frente al escritorio de siempre, bajo la luz fluorescente que zumba como un insecto moribundo, rodeado de las mismas caras cansadas que fingen estar vivas.

Martín Santomé conoce esa sensación mejor que vos y que yo. En La Tregua, Mario Benedetti nos entrega el diario de un hombre de 49 años que trabaja en una oficina de Montevideo y que ha convertido su vida en una secuencia de trámites. Pero no te equivoqués: este no es un libro sobre el amor que salva. Es un libro sobre la oficina que mata, lentamente, con la precisión de un veneno administrativo.


EL DIARIO COMO AUTOPSIA

Santomé escribe porque necesita dejar constancia de que todavía existe. Su diario no es literatura ni catarsis: es un registro forense de su propia desaparición. Cada entrada es un parte médico de un paciente terminal que se niega a admitir que ya está muerto, que lleva años muerto, sentado en su silla giratoria frente a un escritorio de madera oscura donde se acumulan expedientes que a nadie le importan.

Benedetti describe la oficina con una precisión brutal. Ahí están los compañeros: Muñoz, el pelota que se ríe de los chistes del jefe; Robledo, el cínico que ya abandonó toda esperanza; Avellaneda, el viejo que cuenta los días para la jubilación como un prisionero cuenta las rayas en la pared. Y está el jefe, claro, ese pequeño dictador de corbata que ejerce su poder miserable sobre vidas miserables.

La oficina te va limando el alma poco a poco, como el agua que desgasta la piedra. No es dramático. No hay gritos ni revelaciones. Solo la repetición: el mismo café tibio a las nueve, la misma reunión inútil a las once, el mismo almuerzo en el mismo bar, las mismas planillas que revisar, los mismos formularios que llenar. Hasta que un día te das cuenta de que tu vida entera cabe en una gaveta de archivo y que alguien podría reemplazarte mañana sin que nadie note la diferencia.

Santomé lo sabe. Por eso escribe. Porque si no queda registro, es como si nunca hubieras existido. Como si fueras solo un trámite más.


LA TREGUA: UN PARÉNTESIS EN EL VACÍO

Entonces aparece Laura Avellaneda. Joven, nueva en la oficina, distinta. Y Santomé, que tiene edad para ser su padre, siente algo que creía olvidado: el deseo de estar vivo.

Pero prestá atención al título del libro: La Tregua. No dice "La Salvación" ni "El Renacimiento". Una tregua es, por definición, temporal. Es una pausa en medio de la guerra, un respiro antes de que los cañones vuelvan a disparar. El título ya te está avisando que esto no va a terminar bien, que el amor no va a rescatar a Santomé de esa oficina ni de esa vida que ya estaba rota mucho antes de que Laura entrara por la puerta.

"Tengo la horrible sensación de que pasa el tiempo y no hago nada, y de que no hago nada más que dejar pasar el tiempo."

Esa frase resume toda una vida. Una vida que no se vivió, sino que se dejó pasar, como quien deja pasar los colectivos en la parada hasta que se hace de noche y ya no queda ninguno. Laura no es la salvación. Laura es la evidencia de todo lo que Santomé perdió. Es el espejo que le muestra lo que pudo haber sido y no fue.


EL SILENCIO FINAL

No voy a contarte el final, aunque probablemente ya lo intuyás. Pero sí te voy a decir esto: cuando la tregua se termina —porque todas las treguas se terminan— lo que queda es el silencio. El silencio de la oficina que sigue funcionando, indiferente. El reloj de pared que sigue marcando las horas. Los compañeros que siguen llegando a las ocho de la mañana con sus caras de muertos vivientes.

Y Santomé se queda ahí, frente a su escritorio, con su diario en la gaveta, escribiendo para nadie. Porque al final, eso es lo que somos en la oficina: archivos. Expedientes que algún día alguien va a guardar en una caja de cartón y nadie va a volver a abrir.

Y ahora viene lo incómodo: ¿vos también estás esperando tu tregua? ¿Estás sentado en tu escritorio, en tu silla giratoria, esperando que alguien o algo llegue a salvarte de una vida que ya no te pertenece? ¿O ya te resignaste?

Esa es la verdadera tragedia de Martín Santomé: no que Laura apareciera, sino que tardara tanto. Que llegara cuando él ya era un hombre gris. Benedetti escribió La Tregua en 1960, pero podría haberla escrito hoy. El lunes sigue llegando todos los domingos a las cinco de la tarde. Y nosotros seguimos ahí, limándonos el alma poco a poco, esperando una tregua que tal vez nunca llegue.

Fin del Expediente #001.

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FIN DEL EXPEDIENTE.

EL ARCHIVISTA: ERICK VL

"La única forma de abrir una puerta es ponerla primero en palabras." Analizo sistemas cerrados, silencios heredados y oficinas grises.

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