Sujeto: Martín Santomé
Edad: 49 años
Ocupación: Empleado administrativo
Estado: Funcional. Vivo, técnicamente.
Santomé es el tipo de hombre que se mimetiza con el mobiliario. Si entrás a su oficina y no prestás atención, no lo ves. Está ahí, entre los archivadores y las carpetas manila, tan inmóvil como el calendario colgado en la pared. Es un elemento más del inventario corporativo. Usa traje gris —obvio—, camina sin hacer ruido, saluda sin levantar la voz. Hace su trabajo con eficiencia burocrática y cuenta los días que faltan para su jubilación como si el ocio fuera una tierra prometida.
Pero si lo observás de cerca, te das cuenta de algo: le tiene pánico a ese ocio. Porque en el fondo sabe que cuando se jubile no va a hacer nada distinto. Va a seguir siendo el mismo hombre vacío, solo que sin la excusa del trabajo para justificar su vacío.
EL PATRÓN DE CONDUCTA
Santomé tiene tres hijos. Viven con él pero no con él. La relación es cordial, distante, como la que tendrías con compañeros de departamento que compartís gastos pero no vidas. Él cumple con su rol de padre: los mantiene, les habla cuando es necesario, firma cuando hay que firmar. Pero no hay intimidad. No hay ternura. Hay protocolo.
También tiene una relación con Dios, o más bien: tiene la ausencia de una relación con Dios. No es que sea ateo militante ni agnóstico reflexivo. Simplemente, Dios no figura en su inventario emocional. Es un tema que no le quita el sueño porque ya nada le quita el sueño. Santomé no tiene crisis existenciales. Tiene rutina.
"Y ahí está el diagnóstico: su tristeza no es depresión clínica. Es costumbre."
Es la inercia de no hacer nada para cambiar. Es levantarse todos los días a la misma hora, tomar el mismo colectivo, sentarse en el mismo escritorio, almorzar en el mismo bar, volver a la misma casa, acostarse a la misma hora. Año tras año. Década tras década. Hasta que un día te das cuenta de que tu vida es un loop y ya no recordás cuándo empezó a repetirse.
Tal vez vos conocés a alguien así. O tal vez ves a ese alguien cuando te lavás los dientes por la mañana.
CONCLUSIÓN DEL ARCHIVISTA
Santomé no es un villano. No le hace daño a nadie. Paga sus impuestos, cumple con sus obligaciones, trata a la gente con respeto. Es un ciudadano modelo del sistema. Y eso es exactamente lo que lo convierte en una advertencia.
Porque lo peligroso de Martín Santomé no es que sea infeliz. Lo peligroso es que está cómodo en su infelicidad. Se ha acostumbrado tanto a la mediocridad que cualquier cambio le parece una amenaza. Ha convertido su vida en un trámite y ha archivado sus emociones en una gaveta que ya ni siquiera abre.
¿Y vos? ¿Ya te acostumbraste?
Porque el síntoma más grave del Síndrome Santomé no es la tristeza. Es la resignación.
Fin del Expediente #004.
No hay notas registradas.